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SUMARIO: 1. Un virus cognitivo amenaza la democracia.

                                                                                                         ***

1. UN VIRUS COGNITIVO AMENAZA LA DEMOCRACIA

José María Molina Mateos

(Publicado en EL HOY, el 7 de diciembre de 2016).

Los sistemas democráticos son sistemas de opinión pública, en cuya base está la información. Cualquier anomalía sobre esta, le afecta de forma sustancial.

Como quiera que vivimos en la era de Internet, entre cuyas características está la masificación de la información, se nos antoja de actualidad un debate sobre sus efectos en la esfera pública digital en la que la información se propaga a más velocidad, con más canales y formatos que nunca y en mayor cantidad.

Este hecho que todos aplaudimos como manifestación de uno de los mayores progresos de la humanidad logrado a través de las tecnologías de la información, puede tener efectos no siempre positivos.

Machaconamente se viene proclamando desde hace casi un siglo lo que ha sido una especie de síntesis deontológica del periodismo mundial, ‘los hechos son sagrados, la opinión es libre’. Compartiendo plenamente la sabia sentencia de C.P. Scott, director de The Manchester Guardiam [hoy The Guardiam], a la vista de la incidencia de Internet en la esfera pública digital y, por consiguiente, en la democracia, nos vemos obligados a detenernos en el primer concepto manejado por el periodista,‘the facts’ [los hechos], para formularnos algunas preguntas. ¿Qué pasaría si se ponen en duda los hechos?, ¿cómo incidiría esto en los lectores, audiencias y votantes?.

Con ellas traemos a la actualidad uno de los debates espistemológicos [relativo a la teoría de los fundamentos y métodos científicos] más antiguos, lo relacionamos con la masificación de Internet y, lo que es más importante, con la forma en la que algunos de los peores vicios cognitivos del ser humano adquiridos a causa del acceso prácticamente ilimitado al torrente de información que circula por la Red.

En su día, Bertrand Russell lanzó una premonitoria advertencia señalando que más importante que el conocimiento −en cuya base está la información− es la sabiduría, que era entendida por el filósofo como una combinación de conocimiento, voluntad y sensibilidad; posteriormente, otro filósofo, Jean-François Revel entre sus sentencias lanzó la de que ‘el exceso de información perturba el conocimiento”, y que ‘la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira’. Estas atronadoras afirmaciones puestas en relación con la información que circula por las redes, nos lleva a cuestionarnos que el aumento cuantitativo de información que nos proporcionan las tecnologías digitales no necesariamente se traduce en más sabiduría, que llevado al mundo de la política democrática, basada en una opinión pública libre y bien informada, resulta altamente preocupante.

Las tecnologías y medios de comunicación digitales sin lugar a dudas aumentan las posibilidades de acceder a la información pero a la vez, inhiben habilidades fundamentales para el discernimiento y la capacidad para crear espacios públicos regidos por reglas básicas mayoritariamente aceptadas. El ser humano que ‘propende a la horizontal’ [ley del mínimo esfuerzo], prefiere la rapidez, comodidad o más volumen de información, etc., frente a otras formas de información y conocimiento que requieren lo opuesto, orden, procedimiento, sosiego, selección,  trabajo, reflexión, criterio, etc.

La información digital que nos proporcionan las redes sociales, las webs, etc., tienen como característica que aportan una información parcial, fragmentada y de fácil acceso. Internet es una forma rápida y sencilla de creer que tenemos respuestas simples a problemas complejos, que se consolida día a día entre las opciones preferidas para la búsqueda de información y conocimiento. Con ello, se está desarrollando un sesgo cognitivo en virtud del cual se privilegia y da mayor importancia a la información adquirida por canales digitales que por otras vías, haciéndonos creer que el conocimiento se puede ‘descargar de Internet’.

En este contexto, Michael P. Lynch, [autor de The Internet of Us. Knowing More and Undestanding Less in the Age of Big Data], pone sobre el tapete el problema de que la multiplicación de la información y la atomización ideológica del espacio de discusión pública está creando una forma nueva de ‘saber’, no tanto basada en procesos de razonamiento y discusión pública/científica, rigurosa y ordenada, sino de propagación y réplica de ‘hechos’ afines a causas ideológicas e intereses concretos, con todo lo que ello implica. Y ejemplos los tenemos muy recientes en apoyos a propuestas populistas, la última de las cuales ha dado como ganador a Donald Trump en las presidenciales norteamericanas, pero que también subyacen en la base del referéndum sobre el Brexit, el apoyo a Beppe Grillo, a Le Pen o a Podemos, por indicar solo algunas.

Todos ellos tienen en común la falta de rigor y seriedad que provoca la ruptura de las bases racionales de la discusión pública, sustituidas por un dialogo interesadamente atomizado que termina achatando categorías de conocimiento, jerarquía de prioridades públicas o cualquier otra manifestación del sentido común. Que desplaza el rigor intelectual o incluso científico para sustituirlo por pseudorazonamientos en boca de ‘máquinas parlantes’, deteriorando el debate público hasta límites insospechados, propiciando que la ignorancia llegue a ocupar el centro de atención del espacio político, cogida de la mano de esos políticos bautizados por The Guardiam como ‘políticos post-venta’.

Estos políticos operan en una realidad paralela, retroalimentada por medios de comunicación debilitados por la fragmentación del discurso y en condiciones económicas que los convierte en terminales de un ‘reality’.

Tanto el resultado del Brexit como el de la elección de Donald Trump, o los éxitos de otros populismos europeos, se deben a un ‘virus cognitivo’ que amenaza a todas las democracias avanzadas del mundo.

 

 

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